Momentos después del pitido final de la final del Mundial del domingo, Lionel Messi se mostró estoico. Miró a lo lejos. Se sentó en el campo. Intercambió apretones de manos y abrazos con muchos de los jugadores españoles, quienes quisieron reconocer su grandeza en medio de sus celebraciones.

Ese estoicismo desapareció cuando Messi recibió su segundo tras la derrota por 1-0. Al abandonar el podio y enfrentarse a los aficionados argentinos que aún estaban presentes en la ceremonia de entrega de trofeos, Messi hizo todo lo posible por contener las lágrimas.

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