La presencia militar estadounidense en el Caribe ha aumentado dramáticamente desde agosto de 2025 con la llegada del USS Gerald R. Ford, el despliegue de aviones de combate F-35 en Puerto Rico, un aumento significativo de 15.000 efectivos militares y la ampliación de las operaciones navales. La acumulación se produce en medio de un controvertido anuncio de un bloqueo naval contra los petroleros venezolanos, lo que indica una posible confrontación con el gobierno venezolano encabezado por el presidente Nicolás Maduro.

Inicialmente, la administración estadounidense enmarcó el despliegue militar como una operación estratégica antinarcóticos. Sin embargo, este nivel de movilización sugiere una postura militar más agresiva. Esta interpretación se ve reforzada por acontecimientos recientes, incluida la incautación del llamado “camión cisterna zombi” y los comentarios del presidente Donald Trump que indican su voluntad de tomar medidas enérgicas contra Venezuela.

Las capacidades y la preparación del ejército de Venezuela, oficialmente conocido como Fuerza Armada Nacional Bolivariana, son fundamentales para comprender cómo responderá la administración de Maduro a las provocaciones militares estadounidenses. Las fuerzas armadas, que tienen sus raíces ideológicas en el legado de Simón Bolívar, han evolucionado significativamente desde la administración de Hugo Chávez. El actual colapso económico, la hiperinflación y las sanciones internacionales, que alguna vez fueron vistas como una formidable presencia militar en la región, en 2025 harán que el poder se vea tenso y carente de recursos.

El ejército venezolano tiene actualmente aproximadamente 123.000 efectivos en servicio activo además de las fuerzas de reserva. Esto incluye el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y la Guardia Nacional. Además, la “Milicia Bolivariana”, una organización militar de reserva civil establecida por Chávez, se ha incrustado en comunidades e instituciones estatales, prometiendo lealtad al régimen. Estas milicias, junto con los grupos paramilitares vinculados al gobierno, constituyen la columna vertebral de una posible resistencia contra cualquier intervención extranjera.

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A pesar de su número, el ejército venezolano ha sido criticado por su preparación operativa y capacidades de combate efectivas. Sus aviones, tanques y buques de guerra sufren problemas de mantenimiento y escasez de suministros críticos. Por ejemplo, la fuerza aérea del país ha enfrentado importantes desafíos operativos en su flota de cazas Su-30, incluida una alta tasa de accidentes. Las capacidades navales eran igualmente limitadas, con sólo unos pocos barcos operando.

En respuesta a una posible campaña aérea estadounidense, el ejército venezolano puede estar preparado para desplegar tácticas como la dispersión y el ocultamiento, respaldadas por defensa urbana y tácticas de guerrilla. Aunque el ejército carece de la capacidad técnica para sostener enfrentamientos convencionales prolongados, se espera que el gobierno utilice sus redes de milicias existentes y su geografía urbana para complicar cualquier intervención estadounidense.

En cuanto a las invasiones terrestres, aunque se reconoce que el ejército venezolano tendría dificultades para resistir un ataque convencional, las doctrinas operativas allí sugieren el potencial de tácticas de guerra asimétricas. Los barrios de las ciudades venezolanas presentan desafíos únicos para las fuerzas extranjeras, permitiendo ataques estilo guerrilla y creando un ambiente prolongado de resistencia.

Si Estados Unidos elige operaciones encubiertas, las capacidades de inteligencia de Venezuela, reforzadas por un importante apoyo cubano, están orientadas a la detección temprana, lo que hace que los programas encubiertos sean particularmente peligrosos. La tendencia del régimen a atribuir rápidamente y públicamente las operaciones a la mala conducta de Estados Unidos complica aún más las operaciones encubiertas, aumentando los riesgos diplomáticos y las tensiones geopolíticas.

En conclusión, si bien la infraestructura militar de Venezuela es problemática e ineficaz en términos convencionales, el panorama estratégico se complica por las capacidades desiguales que posee el régimen. La posibilidad de una confrontación multifacética plantea interrogantes sobre la eficacia y los costos de las opciones militares estadounidenses en la región, donde el fracaso podría tener importantes consecuencias políticas internacionales, ya sea mediante ataques aéreos u operaciones terrestres. La combinación de un ejército envejecido aliado con milicias patrocinadas por el Estado y una vasta población urbana sugiere que cualquier intervención estadounidense podría evolucionar hacia un conflicto complejo y prolongado, que recuerde los compromisos militares anteriores que Estados Unidos ha enfrentado en la región.

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