Auckland, Se espera que los cuatro astronautas de Artemis II que orbitaron la Luna esta semana aterricen pronto. La gran misión de la NASA marca un regreso a los viajes humanos al espacio profundo, con un renovado interés en construir una base lunar a largo plazo.
Las imágenes capturadas por la tripulación son espectaculares y ofrecen una vista de la cara oculta de la Luna con la Tierra flotando baja en el horizonte.
Son otro recordatorio de los logros técnicos y la ambición humana. Pero en el fondo ya están tomando forma decisiones sobre el próximo curso de los acontecimientos y sobre los beneficiarios.
Aunque siempre ha habido tensiones legales en torno a la propiedad, el acceso y el control del espacio, en 2026 ya no parecen ser conceptos abstractos.
El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 declara el espacio “provincia de toda la humanidad”, prohibiendo a los países reclamar su propiedad. Sin embargo, marcos más nuevos, como los Acuerdos Artemis de Estados Unidos, introducen conceptos como “zonas seguras” exclusivas alrededor de las actividades lunares, que podrían incluir la extracción de agua o helio-3.
La experta en derecho espacial Cassandra Steer llama a esto un ejemplo del “intento de Estados Unidos de crear una laguna jurídica”. El jurista Michael Byers y la arqueóloga espacial Alice Gorman señalan además que incluso los mecanismos bien intencionados pueden convertirse en herramientas para afirmar el control en un dominio que debe seguir siendo compartido.
Esta tensión entre cooperación y competencia, beneficio compartido y beneficio privado, no es accidental ni nueva. Refleja formas fundamentalmente diferentes de imaginar el futuro del espacio.
Entonces, ¿esta nueva era lunar estará marcada por la gestión colectiva por parte de los países de lo que hay más allá de la Tierra, o por otra carrera espacial?
4 futuros para la última frontera
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Nuestra última investigación rastrea estas visiones opuestas del espacio a lo largo de cuatro trayectorias diferentes.
Algunos países ven el espacio como una frontera que reclamar y explotar, haciéndose eco de épocas anteriores de expansión territorial. Otros lo ven como un recurso para impulsar el crecimiento económico en la Tierra, favoreciendo el desarrollo rápido por encima de la sostenibilidad a largo plazo.
Una tercera visión imagina el espacio como una ruta de escape: un lugar para construir nuevas sociedades a medida que la Tierra se vuelve menos habitable. Finalmente, una perspectiva más estrecha pero emergente considera que la Tierra y el espacio están altamente interconectados y requieren gestión en ambos dominios.
Estos escenarios ya se están dando en las políticas y prácticas actuales.
Consideremos la creciente presencia comercial en órbita. Los satélites ahora se cuentan por decenas de miles, alrededor de dos tercios son propiedad de SpaceX y cientos de miles más están planeados.
El resultado es una congestión orbital y una progresiva “tragedia de los bienes comunes”, donde los actores individuales maximizan las ganancias a corto plazo a expensas del medio ambiente. Los desechos orbitales, incluidos más de un millón de fragmentos de más de un centímetro, amenazan el acceso a largo plazo al propio espacio.
Al mismo tiempo, la competencia geopolítica se está intensificando.
Artemis II puede considerarse una misión internacional, pero también refleja un posicionamiento estratégico, especialmente cuando grandes potencias como Estados Unidos y China corren hacia sus ambiciones lunares.
Un sentimiento de posibilidad
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En este panorama cada vez más controvertido, las cosmovisiones indígenas ofrecen una forma fundamentalmente diferente de imaginar el espacio: no como una frontera separada de la Tierra, sino como parte de un sistema de vida compartido.
Nuestra investigación, que utiliza un método conocido como “análisis causal en capas” desarrollado por el politólogo australiano nacido en Pakistán Sohail Inayatullah, muestra que estas tensiones reflejan suposiciones competitivas más profundas sobre la utilidad del espacio.
Dependiendo de quién establezca las reglas, se convierte en un mercado, un salvavidas, un refugio o un ecosistema.
Artemis II destaca estas diferencias. Las decisiones que se tomen hoy sobre regulación, acceso y gobernanza darán forma al futuro de la actividad espacial durante décadas.
Abogamos por avanzar hacia un modelo de “sostenibilidad Tierra-espacio”, que trate a la Tierra y el espacio como dominios interconectados y no separados.
Esto significa establecer objetivos comunes de sostenibilidad e involucrar a los pueblos indígenas en la cogobernanza, integrando los valores de reciprocidad, responsabilidad compartida y gestión a largo plazo en la toma de decisiones.
Estos principios deben estar anclados tanto en las instituciones como en la retórica.
Los marcos de cogobernanza que reúnen a gobiernos, industrias y comunidades indígenas, así como estándares y herramientas aplicables como la Calificación de Sostenibilidad Espacial, ofrecen un camino hacia una gestión más responsable.
Este no es el camino más fácil de seguir para los países. Esto desafía poderosos incentivos económicos y rivalidades geopolíticas. Pero las alternativas –competencia desenfrenada y degradación ambiental– son peores.
Regresar a la Luna ofrece una sensación de posibilidad. Es natural quedar cautivado por su ingeniería, escala y ambición. Pero la historia más importante se esconde debajo.
A medida que los humanos rodean la Luna nuevamente, la pregunta ya no es si podemos regresar, sino cómo elegimos comportarnos una vez que lleguemos allí. NPK
NPK
Este artículo se generó a partir de un feed automatizado de una agencia de noticias sin modificaciones en el texto.










