Madrid, En una conversación típica de hoy, no es difícil sentir cuando alguien ha dejado de escuchar. Su atención cambia, su respuesta llega demasiado rápido o sus ojos se dirigen a una pantalla que espera cerca.

Por qué escuchar es la habilidad democrática más importante de la era digital

El intercambio continúa, pero ya se ha perdido algo esencial. Estamos hablando más que nunca en todas las plataformas, dispositivos y espacios digitales. ¿Pero realmente nos escuchamos unos a otros?

El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Las cuestiones sobre quién puede hablar, qué debe regularse y si la libertad de expresión está amenazada dominan los debates sobre la vida digital.

Se trata de preocupaciones innegablemente importantes, pero se basan en un supuesto que rara vez examinamos: que ser escuchado es una consecuencia natural de hablar.

Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas a partes iguales: el derecho a hablar y el coraje de decir la verdad. Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque en el ágora simplemente se daba por sentado: un público dispuesto a recibir verdaderamente lo que se decía. Hablar y escuchar no son preocupaciones rivales.

Son dos caras de una misma práctica cívica y no podemos defender una sin cuidar la otra.

Hoy hemos invertido enormes energías en proteger y ampliar el derecho a hablar. Hemos prestado mucha menos atención a lo que sucede en el lado receptor.

Lo que realmente requiere escuchar

Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia del habla, ni tampoco es el equivalente a escuchar palabras de pasada. Escuchar bien es abordar la afirmación de otra persona como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.

Los filósofos llaman a esto asimilación: la voluntad de recibir con precisión lo que alguien ha dicho antes de reaccionar ante ello. En la práctica, esto significa sentarse con un argumento el tiempo suficiente para comprenderlo verdaderamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo.

Esto significa distinguir lo que una persona realmente afirma de lo que asumimos que quería decir. Implica tratar al interlocutor como partícipe de un intercambio compartido y no como un obstáculo a superar.

Es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder en lugar de comprender. Buscamos el momento en el que podamos rechazar la debilidad del argumento, la apertura para afirmar nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Él espera.

Esta distinción es extremadamente importante en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se involucran en caricaturas de opiniones opuestas en lugar de las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido.

El desacuerdo se convierte en una actuación. El argumento se convierte en teatro. Y la posibilidad de una verdadera persuasión, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que otra persona ha dicho, está desapareciendo silenciosamente.

Los entornos digitales dificultan la escucha

Las plataformas que ahora albergan la mayoría de nuestras conversaciones públicas no fueron diseñadas pensando en escuchar. Fueron diseñados para el compromiso, que es algo muy diferente.

El compromiso, medido por las principales plataformas de redes sociales, significa clics, acciones, reacciones y tiempo invertido. El contenido que desencadena emociones fuertes (en particular indignación, indignación y preocupación moral) tiende a tener buenos resultados en estas métricas. El contenido que invita a una reflexión profunda generalmente no lo es.

El resultado es un entorno de información que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para una verdadera escucha: rápida, declarativa, cargada de emociones y diseñada para provocar una reacción en lugar de provocar una respuesta.

Esto empeora por la forma en que los algoritmos nos proporcionan contenido. Rara vez encontramos argumentos en su forma completa, presentados por quienes los defienden, en el contexto en el que fueron ofrecidos.

En cambio, normalmente encontramos fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo seleccionados precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, estamos entrenados para interactuar con caricaturas. Y las caricaturas no requieren escucha. Sólo requieren una reacción.

Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública en la que la gente se expresa constantemente pero rara vez se siente realmente escuchada no es saludable. Es una situación en la que se acumula la frustración, las posiciones se endurecen y el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva se vuelve cada vez más difícil de encontrar.

Este no es sólo un problema tecnológico. Es una cuestión cívica. Y eso exige una respuesta cívica.

Cómo enseñar a escuchar

La buena noticia es que escuchar, a diferencia del diseño algorítmico, es algo en lo que podemos influir directamente. Es una habilidad y las habilidades se pueden enseñar.

En entornos educativos, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen deliberadamente la asimilación.

Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que los estudiantes deben reformular el argumento de un compañero a su entera satisfacción antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un entorno en el que la participación equitativa es una expectativa estructural y no una ocurrencia tardía, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para comprender en lugar de ganar.

La misma disciplina se aplica más allá de los chats en vivo. Se les puede pedir a los estudiantes que escuchen un podcast, vean un video o lean un artículo con una tarea en mente: ¿Puedes explicar de manera justa su argumento antes de decidir si estás de acuerdo con él?

No se trata sólo de ejercicios en el aula. Estos son ensayos de la vida democrática.

Estos hábitos también pueden cultivarse fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que te provoca, haz una pausa lo suficiente para preguntarte si entiendes el verdadero punto.

Antes de criticar una posición, reformúlela en términos que su titular reconocería. Separe lo que dijo una persona de sus suposiciones sobre por qué lo dijo. Se trata de pequeños ajustes, pero practicados con constancia, cambian la calidad del intercambio.

Una democracia que sólo enseña a la gente a expresarse libremente sólo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario.

Era un lugar de intercambio. Restaurar ese espíritu, en las aulas, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora habitamos juntos, comienza con la capacidad más tranquila y exigente de aprender a escuchar de verdad. SKS

SKS

Este artículo se generó a partir de un feed automatizado de una agencia de noticias sin modificaciones en el texto.

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